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Este fin de semana pasado decidí hacer un parón en las clases de fin de semana para dar la bienvenida al verano como se merece, a remojo. Así que lié a unos amigos y a mi hermano para reinaugurar la temporada del apartamento veraniego de mis padres. El tiempo y el agua acompañaron y no podía faltar la visita a un restaurante que para nosotros es un clásico estival más. No en vano llevamos yendo durante veintimuchos años sin falta y su dueño, Enrique, es amigo de la familia.

Hay saludos que se convierten en fórmulas sentidas, tradiciones que no prescriben:

– Ey Enrique, ¡cuánto tiempo! Ya empieza la temporada, ¿cómo estás?

– Bien, aquí, peleando…

Enrique es un Uruguayo elegante de mirada triste, que gusta lucir una sonrisa afable y acogedora. Y ahora parece cansado. Peleando. En un tono impregnado de derrota. Hay muchos Enriques de la vida que luchan, pelean, sobreviven. Nosotros, por ejemplo.

Aunque vivimos en una sociedad “pacificada”, entendiendo por esto que no estallan bombas en los mercados un día sí y otro también y que no hay bandos armados que se tirotean abiertamente en las calles, muchas veces nos empeñamos en vivir en una realidad más propia de entorno de guerra. Y este estado interno guerrero se muestra en un lenguaje bélico digno de las películas de John Wayne. Desde la psicología, el lenguaje que empleamos no es fruto de la casualidad, tiene un gran componente simbólico importante para nosotros.

Deportistas presentados como gladiadores, políticos que siguen incentivando la lucha de clases en uno y otro lado, empresas con estilo organizacional y comunicación propias del ejército,  mercados financieros como campos de batalla que hay que dominar. Sin ir más lejos, en publicidad tenemos brief, el target, la campaña, la estrategia, acciones tácticas… Seguro que te vienen a la mente unas cuantas más de diferentes contextos.

Este lenguaje es la punta del iceberg,  por supuesto que no bastará cambiarlo para hacer un cambio drástico. Muchos lo utilizan como modo de estimular a un equipo o uno mismo. Es una motivación de combustible inestable y poco ecológico. Conviene prestar atención a cuál es nuestro volumen bélico, para no ser cómplices de sus consecuencias en nuestro entorno y nosotros mismos: en general un aumento de la tensión y una alta correlación con trastornos de ansiedad incipientes. Este lenguaje es ideal para convertir granos de arena en cordilleras insalvables y da pie a justificar estilos de gestión y comunicación agresivos que poco bien nos hacen.

A este respecto, para recordar la auténtica guerra, me ha venido a la mente un artículo que leí hace unos días, en el que mostraba un proyecto que recogía rostros de soldados británicos en Afganistán en tres etapas: antes de embarcarse, durante su ejercicio y después. Se puede observar con claridad los resultados de 8 meses de estado de guerra, en sus gestos y miradas:lalagesnowwearethenotdead1 lalagesnowwearethenotdead2lalagesnowwearethenotdead5Incluso recogió algún testimonio que refleja también el cambio de pensamiento durante esas fases:

“No estoy preocupado acerca de lo que va a pasar, al fin y al cabo es mi trabajo”

“Está siendo una experiencia para abrir los ojos”

“Vives con el miedo, con la aprensión y con la duda de qué pasará si me vuelan por los aires”

(Si quieres leer más de este artículo en inglés, puedes hacerlo aquí.) (En este otro link el proyecto completo We Are The Not Dead)

Realmente esos pensamientos se adaptan a una situación de guerra y esos rostros la reflejan. Una realidad horrible que algunos viven en su cotidianidad. Por fortuna, no nosotros.

Ser un espartano, William Wallace o la Teniente O´Neil mola y te da energía puntual… pero a la larga agota, cansa y no se adapta a la realidad que vivimos en la mayoría de los casos. Si ir de guerrer@ forma parte de tu rutina, cuidado. Muchas veces acabará dejándonos vacíos, con el síndrome de mirar al techo o frustrados sin saber muy bien por qué. Y seguramente con bajas colaterales.

Aquí es donde entran la psicolofía y la inteligencia emocional. En la medida de lo posible, conviene reformular la situación con otras palabras que la definan de un modo más amable, para crear un entorno que favorezca la reducción de la escala bélica y conseguir nuestros objetivos con conductas más “ecológicas”. Ya sabes, por mí y por todos mis compañeros, pero por mí primero.

Comentarios

  1. Vivimos en un estado constante situado entre la crispación y la resignación, con lo que llega un momento en que incluso está mal visto sonreír. A ver, que sonría Sorayita en sus ruedas de prensa para anunciar nuevos hachazos al Estado de “bienestar” o el señor Burns… digo, el ministro Montoro, en sede parlamentaria, es de muy mal gusto (además de muy poca vergüenza), pero por el bien de nuestra salud como sociedad, y aunque cueste porque la realidad es bastante deprimente, deberíamos cambiar las actitudes belicosas por otras más amables y, por supuesto, deberíamos reír más. Que vivan esos fines de semana con amigos en el apartamento de los papis!

    1. Sí, ya sabes que a mí todas esos comportamientos me enervan y es cierto que es más difícil… Sin embargo, sí hay gente que vive su vida laboral como una lucha o la relación de pareja como un tira y afloja, y ése es un marco de lenguaje que favorece las tensiones. Trabajo y convivencia se adaptan más a la verdadera situación, quitándole un poco de esa épica con efluvios violentos. No contribuir con el lenguaje a esa realidad deprimente, no caer en su juego y eso, reír más :p. Que vivan esos fines de semana, gracias por el comentario Benjamín!

  2. Amalia dice:

    ¿Y quién no ha sido agresivo en alguna ocasión?, depende de cómo se use, la agresividad puede hasta defendernos, puede ser válvula de escape, nos puede ayudar a conseguir objetivos que no deberíamos dejar escapar. Algo de agresividad no me parece mal, pero claro hay que ver el enfoque que le das. Competir no está mal, lo malo es vivir sólo para competir, o pisar el hígado a alguien para prosperar y lamentablemente hay profesiones/profesionales en los que la agresividad es un plus, pero es que son tan miserables que no saben conseguir sus metas si no es estrujando a sus dependientes. Ésos se merecerían un Lannister !! (Perdón, es que acabo de terminar un tomo de Juego de Tronos)

    1. Sobre todo si la agresividad es el único camino… a veces hay que marcar los límites un tanto abruptamente, pero sólo a veces. Ay, los Lannister! 😉

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